Ἁγία Σοφία

Cuando el mundo parece acabarse, pero todavía queda horizonte…

Una parte de mí está buscando auxilio. Otra parte de mí sabe que la respuesta está por dentro. Intento entender lo que sucede por dentro, en el interior de mi universo, pero a veces se escurre porque se aprieta. Cuando el agua es presionada, chorrea hasta límites no imaginados, y esa agua no regresa.

Pero el punto no es que regrese. El punto no es presionarla más para que no se pierda más agua, porque claro, el agua se seguirá chorreando. La guía para la acción es más sencilla y más concreta, todavía: Dejar de apretar, y dejar que el agua fluya en las manos, en el tronco, o en donde sea que esté fluyendo. No mirarla como algo que toca agarrar con todas las fuerzas del mundo, porque entonces se evaporaría. Ya no quedaría agua, sino aire.

¿Habrá un mañana brillante si el presente luce tan oscuro? No lo sé, pero en realidad es bastante probable. Si en un pasado relativamente brillante no imaginé que este presente fuera así de oscuro, tampoco puedo presuponer que el futuro no podría ser brillante. A lo mejor al final termino cansándome de repetir los mismos patrones y, casi por inercia, vuelvo a vivir una vida con normalidad, aunque no la misma que antes de este año. Solo una vida tranquila, donde la tranquilidad sea como un lienzo en blanco, y se pueda pintar de cualquier color el trayecto que tenga deparado este futuro.

Los olores, los sabores, los sonidos… Recuerdo muy bien que antes podía conectar perfectamente con eso sin mayor dificultad, y no tenía problema en disfrutarlo, aunque la ansiedad siguiera habitándome por dentro, cortándome la respiración. Pero ahora es algo más complicado, porque ahora el detalle es que sí afecta directamente a los sentidos. Volver ya no es posible, es cierto. La grandeza y la brillantez del pasado no volverá, pero puedo construir un futuro inclusive mejor, ¿no?

Si algo puede enseñarme este año, de seguro, es que no volverán a ser iguales los años que los años de esta década. Las experiencias estaban inundadas de angustia, pánico y ansiedad. Una sensación muy incómoda que moldeaba casi cualquier contexto. Ahora creo tener las herramientas apropiadas para afrontarlas, y vivir las experiencias con toda la intensidad que se merecen. Vivir años a futuro con casi ninguna sensación de pánico en el pecho, o alguna casi inminente sensación de peligro (percibido, no real) en el cuerpo. 

Es posible que esto es lo que aprenda de este año. Que no todo merece una reacción tan intensa como yo creía que debía ser. No porque ahora quiera ser más distante emocionalmente, sino porque sé distinguir qué merece una reacción y qué no. A veces las cosas simplemente pasan, y a veces algunas cosas no merecen ser experimentadas en primera persona si genuinamente no sale desde el cuerpo, naturalmente. 

Ir en contra de la naturaleza claramente produce una respuesta, una reacción, natural de peligro. 

Desplazarme por los lugares sin sentir que debería estar en otro lugar resolviendo alguna otra cosa que, de todas formas, jamás habría resuelto. En otras palabras, vivir más en el presente. Yo sé que en el presente medio predico muchas cosas, pero a veces ni siquiera yo mismo aplico lo que predico. Quiero decir cosas porque las conozco por intelecto, ¿pero aplicarlas como si fueran un hábito de vida? No, no suelo hacer eso. Sé que debería, pero la vida tiene más matices que frases que se leen a través de un papel o una pantalla. Hay razones implícitas que no son muy claras, pero son causantes de que la vida sea más compleja que un simple adagio, fácil de recordar para tenerlo en la mente en los momentos en cuando haga falta.

Lo que no te importa no puede dañarte.

Ojalá volver a cuando los días olían a lavanda, a día limpio y Sol ardiente. Atardeceres de mil flores, y laureles completos. Ojos cómplices, y regazos que acompañan. Una mano que guía, y una sonrisa que colorea. Noches llenas de estrellas, y sorpresas de madrugada. Mañanas de esperanza, y curiosidad por el resultado. Pero, ya lo dije, volver es imposible. A lo mejor puedo construir un futuro mejor que lo que ya fue. Superarlo, en varios aspectos. Pero yo mismo tendré que trabajar en ello. Yo mismo tengo que apropiarme de mi destino, y encargarme de que deje de gobernarme la pena, el arrepentimiento y la angustia. Otras mañanas con prospecto, esperanza, proyección y abrigo. Sin miedo, porque no hay nada que temer, y si se teme, hay con quien luchar, en compañía. La emoción dubitativa secuestra mucho los sueños y las esperanzas. Es un intruso muy molesto, pero hay que permitirle ser residente, porque seguirá siendo un intruso en cuanto se siga tratando así.

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