Sobre la naturaleza humana de la ambición
No es raro notar que todas las personas siempre buscan obtener algo más, o algo mejor, una vez obtuvieron lo que más deseaban. Es el ciclo inevitable del deseo, y la cuna de la ambición. ¿Para qué conformarnos con lo que ya tenemos, si eso ya está cubierto y podemos aspirar a algo más? Siempre se aspira a algo mejor una vez se tiene lo que antes se consideraba un estado mejor. Es como el simple ejemplo de que el pobre quiere una casa y comida, mientras que quien tiene casa y comida quiere un mejor trabajo, mientras que quien tiene un mejor trabajo quiere otro hogar... Y así sucesivamente.
La naturaleza humana de la ambición se define simplemente como el ciclo interminable donde una vez concedido un deseo, se quiere cumplir otro. Una vez satisfechas las ilusiones y los anhelos, nacen otras ilusiones y otros anhelos. Esto se convierte en un problema, porque entonces nunca nadie estará satisfecho, ya que siempre habrá el pensamiento mecánico, o más bien el comportamiento mecánico, donde obtener una cosa no es garantía de estar satisfecho, sino de un paso más a estarlo... Más bien un engaño.
Por ello, hay que conseguir establecer un medio justo, donde al conseguir ciertas cosas que no son realmente necesarias para mantener una vida plena, pero sí para conseguir o cumplir ciertos objetivos o proyectos, considerarse realizado y no buscar más propósito en cosas que son lejanas o inalcanzables como búsqueda de propósito. Por supuesto que la conducta humana nos ha dado evidencia de que siempre, o casi siempre, lo inalcanzable es aquello a lo que siempre se aspira, y una vez alcanzado, irónicamente se convierte en algo aburrido, porque ha perdido su estatus y su misterio. Fue alcanzado, mas con ello perdió su magia. Ya no es lo inalcanzable; esa razón por la que era entretenido perseguirlo.
Hay que saberse mover en medio del deseo, porque si se deja consumir por esta, la insatisfacción será cotidiana. El deseo siempre pone en la mira en lo que no está cumplido. Ese es su motor. Es principalmente la razón por la cual si se nos diera todo lo que más queremos, perdemos propósito, y forzosamente buscamos otro, tal vez donde no se debe. La razón, tal vez, por la cual tener mucho dinero no suele ser sinónimo de felicidad, y puesto que el poder adquisitivo aumenta mucho, el placer se encuentra en malgastar el dinero en cosas costosas e innecesarias, pensando que así se encuentra un propósito, una razón, un síntoma efímero de 'felicidad'. Siempre habrá cada vez más ambición por las cosas, al punto de que por eso podemos ver que los más millonarios invierten su fortuna en cosas excéntricas y/o exóticas.
Es por eso que la ambición se convierte en un arma de doble filo, ya que si seguimos teniendo más ambición por las cosas, y poniendo la vara cada vez más altos, entonces cada vez será más difícil conseguir los objetivos, y más frustración se genera. Es por ello que en diversas ocasiones resulta más beneficioso conformarse con las cosas que hay que conformarse, que no exigen mejora, más que la mejora artificial por la ilusión de 'estar mejorando', que estar buscando algo más, algo mejor, cuando ya se está en un estado óptimo.
No digo con esto que esté mal ser ambicioso. Las ambiciones mueven a las personas, y con eso, al mundo. Sin ambición, muchos de los cambios, si no es que todos, de la civilización no se habrían concretado, o ni siquiera empezado. A lo que me refiero es que la ambición debe ser medida de forma correcta, y que las personas no se alimenten solo de deseo y ambición para poder contentarse o fijar su felicidad en ello. La estabilidad y la sensación de felicidad, la εὐδαιμονία, no se deben fijar en esto, sino, más bien, en la virtud, o el ἀρετή.

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